La enfermedad más grave. (Cuando un día cualquiera dominado por la protección a la riqueza yr el súper poder, culmina en un abrazo de ternura)
La enfermedad más grave
Mi hijo se sentía algo mal. Nada demasiado alarmante, al parecer uno de esos virus que llegan sin pedir permiso, se instalan unos días en el cuerpo y nos obligan a bajar el ritmo.
Estaba recostado, con esa mezcla de cansancio y curiosidad que a veces aparece en los niños cuando sienten que el cuerpo no responde como siempre. De pronto me miró y me preguntó:
—Papi, ¿cuál es la enfermedad más grave?
No sé si pensé la respuesta o si simplemente salió desde algún lugar más hondo que la razón.
—El egoísmo, hijo —le dije.
Me miró con extrañeza. Tal vez esperaba que nombrara una enfermedad de hospital, de doctores, de remedios difíciles, de esas que los adultos mencionamos con voz baja.
—Pero esa no es una enfermedad —me respondió.
—Cierto —le dije—. No lo parece. No tiene fiebre, no da tos, no se ve en una radiografía. Pero se comporta como una enfermedad. Te va quitando la vida poco a poco.
Se quedó en silencio, atento.
—¿Cómo?
—Porque el egoísmo va cerrando el corazón. Hace que uno empiece a mirar el mundo como si todo tuviera que girar alrededor de uno mismo. Hace que las otras personas importen menos. Que sus dolores se vuelvan lejanos. Que sus necesidades parezcan una molestia. Y cuando eso pasa, uno puede seguir caminando, comiendo, trabajando, incluso sonriendo… pero algo vital se empieza a apagar por dentro.
Mi hijo me escuchaba con esa seriedad limpia que tienen los niños cuando una conversación deja de ser simple conversación y se vuelve descubrimiento.
—Pero lo peor —continué— es que no sólo afecta a quien la padece. Esa es su gravedad. El egoísmo se contagia en las relaciones, daña a quienes están cerca, entristece casas, rompe amistades, enfría comunidades. Y cuando se junta con el poder, puede volverse una enfermedad enorme.
—¿Con el poder?
—Sí. Porque una persona egoísta con poco poder puede herir a quienes tiene cerca. Pero una persona egoísta con mucho poder puede dañar a muchos. Incluso puede decir que protege, que ayuda, que trabaja por otros, mientras en realidad sólo cuida su propio interés. A veces el egoísmo se disfraza de liderazgo, de éxito, de inteligencia, de progreso. Pero por dentro sigue siendo lo mismo: una incapacidad de sentir la vida del otro como parte de la propia.
Volvió a quedarse callado. Quizás estaba pensando en algo suyo. Quizás sólo estaba cansado.
Entonces le tomé la mano y agregué:
—Por eso, hijo, hay que cuidar el cuerpo cuando se enferma, claro que sí. Hay que descansar, tomar agüita, dejarse querer. Pero también hay que cuidar el corazón. Porque si el corazón se acostumbra a no ver a los demás, uno puede estar sano por fuera y muy enfermo por dentro.
Me miró, un poco más tranquilo.
—Entonces, ¿el egoísmo es la peor enfermedad?
—Para mí, sí —le dije—. Porque nos separa de los otros, de la naturaleza, de la ternura, de la gratitud. Nos hace creer que estamos solos y que ganar es más importante que convivir. Y cuando una persona cree eso demasiado tiempo, empieza a perder justamente aquello que la mantiene viva.
Mi hijo cerró los ojos. Tal vez el virus seguía ahí, haciendo su trabajo pasajero. Pero algo en la conversación había dejado una pequeña luz encendida.
Yo me quedé a su lado, pensando que quizás educar no sea entregar grandes respuestas, sino cuidar esas preguntas que aparecen de pronto, en medio de una fiebre, una tarde cualquiera.
Y pensé también que tal vez la salud más profunda no consiste sólo en no estar enfermos, sino en conservar viva la capacidad de amar, de mirar al otro, de sentir que la vida nunca es solamente mía.
Porque el cuerpo puede enfermar y sanar.
Pero cuando el egoísmo se instala en el alma, hace falta mucho amor, mucha conciencia y mucha humildad para volver a respirar con los demás.
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