La mala educación, Sebastián y su foto



Mucho hablamos en nuestro países occidentales de poder tener una buena educación. En Chile hace ya más de una década se instaló el tema de “luchar por una educación de calidad”. Los movimientos sociales de nuestro país han tenido como motor la rebeldía juvenil que inició con este fundamental y urgente reclamo.

¿Pero qué vemos, entendemos, proyectamos, deseamos como aquella buena educación? ¿hemos identificado con claridad la mala educación?

Desde mi rol como educador libertario, gestor de proyectos de educación libre (al margen del sistema) promotor, cultivador de nuevas prácticas educativas, guía Montessori y discípulo de las enseñanzas de la escuela Matríztica, me pregunto esto de vez en vez y en más de alguna ocasión con mucha intensidad.

Hoy no puedo dejar de preguntármelo.

Como todo nuestro país: estupefacto por el acto inadecuado del Sr que ostenta la responsabilidad administrativa más decidora del destino de todos quienes vivimos aquí, me vuelve sobre la pregunta.

¿Estaremos mirando lo mismo, cuando hablamos de mejor educación? si quizás: ¿no estemos deacuerdo en “la o lo que es mala educación”?


Desde mi lugar, he visto con relativa sorpresa durante mucho tiempo lo entrampada de la discusión sobre la educación de calidad y las mejoras y aspiraciones incluso de quienes han estado detrás de las más legítimas y duras batallas de este tiempo.

Es evidente que lo más básico, tener espacios al menos aseados, en buen estado, fue y sigue siendo para muchas zonas una cuestión primordial. Pero el asunto nunca estuvo solamente allí y siempre se ha intentado, al menos por parte del mundo progresista y otros sectores vanguardistas más modernos ir más allá en la discusión e intentar proponer también mejoras al sistema educativo desde su base.

Pero allí está lo más delicado del asunto. Cuando se llega a esas discusiones: ¿estaremos todos más o menos de acuerdo en distinciones básicas similares respecto de qué no deseamos o ya no necesitamos conservar de la educación que hemos tenido hasta el día de hoy?

Y entonces allí comienzan las disquisiciones más encabritadas. Porque en mi experiencia de casi 20 años en educación alternativa, y aún llevando muchos años a la par con familias que también iniciaron procesos de transformación pedagógica, al final de recorrido, no siempre se ha buscado lo mismo.

Para muchas personas, grupos, organizaciones las ideas que rescatan de movimientos como el de la educación alternativa, la educación transformadora de América Latina, o la Escuela activa en su momento, no fue y no es más que buenas ideas para llevar a las escuelas y después de engullirlas y medianamente aplicarlas seguir orientando el acto educativo al mismo lugar en que el gran educador Paulo Freire declarara hace ya tantos años: el depósito en las cabezas de niños y jóvenes, de una cultura que no se mueve ni se transforma ningún centímetro de sus más encarnizados valores.

Por ello, lo de esta semana, no deja de ser alarmante, preocupante, decidor también. Para ser mal educado, es necesario haber recibido una mala educación. Eso lo saben las abuelitas desde siempre. El asunto es que ellas también, al igual que las abuelitas de las familias del poder de este y los demás países, han también abrazado los paradigmas de la cultura del terror, la dominación, la domesticación y la competencia.

Para que un niño termine convirtiéndose en un adulto incapaz de dejar de competir, querer siempre ganar y entre tanto pasar por alto cualquier significado de la palabra comunidad, hacen falta muchos adultos alrededor incapaces de decir una sola palabra ante tales gestos de inadaptabilidad social.

Pero eso somos como sociedad hace demasiados centenios, un grupo inadaptado de ciudadanos incapaces de decirle a nuestro niños y niñas que dejen de competir y de pensar en sí mismos como si el oxígeno se fuera a acabar para uno sólo. Jamás la vida ha sido así, jamás el universo ha operado así. Pero nuestra ignorancia básica del funcionamiento cósmico que perdimos en antaño sumergidos en las lógicas del más fuerte nos han hecho por decenios seguir alimentando la educación y cultura de los ignorantes, alabando a los ineptos e ingenuos que piensan que se vive sólo en el mundo y el universo.

La mala educación siempre ha sido la que alimenta el ego. Y en ese sentido los peores colegios de Chile siempre han sido todos los colegios de Iglesia, y entre los principales el Saint George, el Verbo Divino por supuesto, y el Instituto Nacional, cuna de demasiados de los más icónicos señores del ego en Chile.

Si de transformar la educación en serio se trata. Lo primero que necesitamos hacer es reformar todos los espacios educativos patriarcales, arrogantes, soberbios y doctrinarios en espacios abiertos a una comunidad nacional nueva y renovada que alimente una nueva forma de mirar la vida y el cosmos.

Sólo allí, podremos pensar en tener nuevos liderazgos a la altura de las circunstancias complejas por las que atraviesa y atravesará la humanidad.

La posibilidad de una cultura comunitaria pasa por dejar atrás todo vestigio de educación doctrinaria, militar, eclesiástica que domina, vulnera y limita las libertades esenciales de niños, niñas y jóvenes. Transformar la educación en una educación de calidad pasa por superar la escuela patriarcal en la que ha estado sumida toda nuestra sociedad desde hace un par de centenios y que ha gestado y mantenido clases dominantes egoístas y autocentradas incapaces de pensar-sentir el bien común.

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